Querría poner por escrito una observación y una reflexión que llevo tiempo haciendo y que me parece muy significativa. La observación se refiere a los horarios de los niños. He visto y he vivido en ella sin darme cuenta de su trascendencia, que en la cultura española se cuidan mucho los horarios de los niños que vienen en lo cotidiano marcados por el horario del sueño y el horario de comidas. Estas son, a groso modo, desayuno, comida (de 13.00 a 14.00), merienda, que cae sobre las 17.00, cena sobre las 20.30 y entonces a la cama a dormir entre 9.30 a 10.00. Habría que añadir la siesta después de comer. El horario es muy rígido durante el periodo lectivo de los colegios y se flexibiliza algo en verano o en vacaciones en general. Lo que veo es que los padres tienen fuertemente imbuido este sentido del horario y lo cuidan sobre todo temiendo el desajuste del niño cuando el horario no se cumple. Es decir el horario es seguido tanto por colegios como por familias. Y en mi opinión también es común el temor a que el niño se desorganiza por sí mismo si no tiene normas firmes, el temor a que el niño es muy vago y otras diversas justificaciones de la rigidez que todas tienen en común, que es un temor (un miedo como emoción básica) y también una desconfianza en el niño por sí mismo: por sí mismo se desorganiza si no tiene las normas bien asentadas. […]